señor quebrado

El frío que pela y la torta al caer. Se ha levantado con dolores y cree que lleva una (o dos) muñecas rotas. Grita, pero no le dura demasiado. Otro costalazo y como resultado esguince de tobillo. Intenta nadar, reptar, deslizarse, cualquier cosa con tal de salir de ahí. Nadie lo ayuda hasta que una señora increpa a unos jóvenes que graban el espectáculo. Fuertes y decididos, lo trasladan al centro médico donde lo sientan entre sollozos y quejidos. Allí lo abandonan para irse a fumar. Ya se sabe, qué sería de Tabacalera sin los infantes iniciados.

Al pobre, en cambio, nadie le da ni los buenos días. Un señor celador se acerca y, al ver que no es covid, le hace una mueca con la parte derecha de la boca y se da media vuelta, moviendo las manos a lo flamenco. No te toca aún, vamos. Va tarareando porque la vida ya es demasiado puñetera. Si sólo canta por olvidarse de unas cuantas cosas que lo ponen nervioso. No te lo tomes a mal, que bastante trabajo tiene.

Y este hombre, qué hará aquí, pregunta la hermana de un candidato a uci. Y por qué tendrá tan mala cara. Madre, fíjese bien y baje la voz que la oye seguro. No ve que lleva las muñecas rotas y un tobillo torcido. Jesús, sí que es verdad y por eso debe gritar. Pobre. Parece que no tiene quien se acuerde de él.

Tres horas tuvieron que transcurrir para que aquellas heridas se catalogaran como fracturas. Confirmadas por los rayos equis, aunque en esas sábanas negras de plástico donde se dibujan los huesecillos de uno no se veía ni un sólo hueco. Se ha roto usted los huesos, pero hemos tardado tanto que se les han quedado todos apelotonados. Juntos, pero a montón, como las papas a lo pobre de mi tío, que están para chuparse los dedos. Perdóneme la licencia. Una tiene ya la cabeza ida con todo lo que está pasando.

Pues, sin ánimo de sentirme un desgraciado (o más de lo que ya soy), quisiera que sepan que la ventilación de la sala y el chorro de aire helado que me da directamente en las lesiones, agarrotan de tal manera mis extremidades que, sí, no me lo diga, que va a ser necesario volvérmelas a romper. No llore usted. Estamos bajo mínimos y, sin anestesia, parece que duele más, pero duele lo mismo. No sea niño chico, hombre. Y no me mire así que me marcho ahora mismo y lo cura su madre. Ay estos ancianos, son como bebés, cómo se ponen de gachosos.

Los jóvenes han vuelto y le preguntan si quiere algo. Ya de paso, también se interesan por los posibles dineros del paciente ensillado. Que nos falta para un cigarro suelto (o dos), amigo. Últimamente, hasta fumamos de la calle y ahora con la pandemia, ya nos cuenta usted si no nos la jugamos. Venga, como se ve que no puede maniobrar, le meto yo mismo la mano en el bolsillo. No se resista, que le va a doler más. No sea agarrao, hombre. Ya nos vamos. Gracias por el billete, majo. Me recuerda al abuelo de otro. Sí, no el mío. El de otro. Y se escuchan las risas y la piedra del mechero rascada por la rula metálica una y otra vez, echando chispas para encender otra sesión de caladas. Ay qué vida más buena.

Ya tiene usted las muñecas bien puestas y el pie derecho. Mire que bien va a juego con el sano. Si los tiene alineados y todo. Las manos, ahora, con paciencia. No intente, al menos en dos semanas, coger cosas con ellas. Usted, a los bolsillos y que le dé el sol, que es bueno para la piel y para los huesos. Y también para el bichito. Llamo al señor celador y lo saca a la rampa de los taxis. Pero mire, es que yo no tengo dinero para eso porque me lo han quitado unos malnacidos y perdí el teléfono en aquella ciénaga helada a la que fui a caer de manera inmisericorde. No tendrá usted auto, que yo me espero y me lleva. Guapetona.

Es usted un picarón. Soy más joven y, por si no lo sabe, me recuerda a mi padre. Pero seguro que tiene muchas novias. Llame a alguna. Tal vez esa señora, la hermana del ingreso uci. Vino en coche y se va a tener que marchar, pues aquí no se queda nadie excepto el personal de enfermería y el señor del flamenco (y los médicos también, ¿sabe?). Oiga, perdone, si se va podría llevárselo. Hacen buena pareja.

Y ahí va la señora, hermana del ingreso uci, con sus preocupaciones, haciendo de uber con el señor fracturado que casi se vuelve a matar pues el flamenco lo dejó en la rampa de las ambulancias sin el freno puesto, dejando pendiendo de un hilo toda una vida plagada de infortunios. Este parecía ser el final hasta que un chófer VTC controló el derrape y aguantó el vehículo mientras llegaba la señora. Y la hija, se preguntarán ustedes, sí, la hija que advertía a la madre de que bajara el tono de voz. Tuvo que marcharse corriendo, a la llamada de socorro de uno de sus hijos, atropellado por hacer el bobo mientras fumaba cigarrillos de la calle. ¡Menudo nieto se ha echado usted, señor quebrado!

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