un buen pueblo

En los pueblos, los institutos se construyen a las afueras. Tan cercanos al límite del casco urbano, que comparten espacio con el asilo. Viéndolos juntos, pareciera que no existe otra intención que la de atisbar el horizonte, aguardando el momento oportuno de escapar. Sus muros encaran la salida hacia la carretera, como queriendo desprenderse del pueblo que los parió. Firmes, miran de soslayo a la torre de la iglesia, que se erige entre los tejados, apelotonados. Detrás de esas tapias, alumnos y ancianos saben que acabarán cogiendo la rotonda que conduce hacia la general para afrontar destinos bien diferentes.

No siempre ocurrió de esta manera. Los duelos se hacían en las casas, de manera atropellada, en mitad de un caótico baile de sillas, con cumplidos y lamentos. El colegio, incrustado en el corazón del callejero, retenía a los niños hasta los catorce y, de la misma forma en la que las raíces aprietan la tierra, el pueblo se compactaba mirándose hacia dentro, siendo guardián de miserias y valores, amurallando un contorno permeable que permitía la entrada, sin que fuera necesario huir.

Sin embargo, a los pueblos, sobretodo a ellos, les fue difícil rechazar el progreso, disfrazado de partidas presupuestarias. Aquellos primeros vientos europeos trajeron consigo el desvío de la vía férrea, trasladando la estación allí donde todo queda lo suficientemente lejos como para querer apearse del tren. El andén, diminuto, posaba de espaldas a las primeras casas, distantes en la lejanía. Desde el vagón, sin sentir que aquello pudiera pertenecer a alguien, el viajero giraba la vista hacia el destino, aún por llegar.

Por no haber sido suficiente, la siguiente decisión gubernamental, en aras del desarrollo de la comarca, consistiría en construir una circunvalación que evitaría el paso por el centro del pueblo, aliviando la duración de las rutas de transporte.

—El hostal acabará cerrando, —decían los pocos viajantes que tomaban el desvío, con la intención de ir liquidando negocios pendientes.

Entrado ya el milenio, llegó el turno para el nuevo instituto y sus estudios de formación profesional, financiados, de nuevo, con la cuota europea. Lo ubicarían justo en el solar que abandonó una alcoholera deslocalizada y que, en principio, estaba asignado al asilo. La corporación local pondría paz y, con decisión salomónica, repartiría los metros a partes iguales. La mitad para cada una de las instituciones.

Así que, desde hace tiempo, los maestros y los funcionarios de cuidados, forasteros y a sueldo de una administración que los zarandea de un sitio a otro, año tras año, llegan desde la salida de la autovía, ubicada unos kilómetros antes. Toman la rotonda, evitando la calle Mayor y acceden, por el camino de la cooperativa, al aparcamiento que comparten instituto y residencia. El pueblo queda a cinco minutos caminando, más allá de la nueva avenida con nombre de deportista, flanqueada por árboles inéditos. Por ella, sólo transitan los padres con sus vehículos llenos de chiquillos y mochilas, a las ocho y media de la mañana.

El desarrollo y la modernidad han ahogado a este pueblo, como a tantos otros. Para cuando el dinero acertó a caer aquí, lo hizo siempre en el borde, desentendiéndose de la plaza y del anchurón del mercadillo, de las cuatro esquinas con sus tres tiendas y la ferretería, de los que se asomaban porque pasaban coches. Los cuartos y las promesas de progreso acabaron por desalojar las mañanas de rumores y desmantelaron las calles para que por ellas no pasara la vida. Quitaron, el año pasado, el cartel que indicaba los kilómetros hasta el siguiente pueblo. Por desuso, ya nadie se apoyaba en él.

—Me han dado plaza este año, justo en tu destino anterior ¿Qué tal es?

—Trabajé allí durante dos cursos. Tiene fácil acceso y los críos son buenos. Puedes compartir coche porque casi todo el mundo es de fuera. Un buen pueblo. Ni te enteras.