Esto se lo…

—¿A dónde vas otra vez a la calle? Y ¿qué llevas debajo del brazo? ¿Un cartel?

Mi madre, a sus setenta y cinco años, seguía metiéndose en mis asuntos. A punto de salir por la puerta, detuve mis pasos y giré hacia ella, pivotando sobre mi talón derecho. Allí estaba, al fondo del pasillo, junto a la puerta de la cocina. Acechándome.

—Mamá —dije, cansado. —Tengo cincuenta años ¿cuándo vas a dejar de preguntarme sobre mi vida privada?

—Mientras vivas en esta casa…

Me marché. Conocía el discurso de memoria. Hay que ver cómo se ponen las cabezas ¡Qué sabría mi madre acerca de mis problemas! ¡Bastante mal me siento yo todos los días! ¡A mis cincuenta años sin poder aún emanciparme de ella! ¡Y para colmo esta maldita pandemia! ¡Ahora sí que va a estar complicado que consiga independizarme!

Bueno, yo a lo mío. Hoy me he levantado con ganas de cambiar mi vida. Y sí. Llevo algo bajo el brazo. Pero no es un cartel. Son diez (la pobre, ve menos que «Pepe Leches») y los pienso repartir por todo el barrio, con la excusa de ir a comprar.

—¡Mamá! (¡qué mal se escucha el telefonillo!) Con la discusión, se me ha olvidado la lista de la compra ¿Qué necesitabas? Sí, sí. Tengo bolígrafo. Dime, que apunto. ¡No! ¡A mí esos yogures no me gustan! ¡Si los quieres, bajas y los compras tú!

¡Qué pesada se pone con los yogures de trocitos! En fin. Antes de emprender camino, pego el primer cartel en la puerta del edificio. Hasta he traído celo y todo.

«Se busca novia para la Fase 1. Preferiblemente de la zona. Absténganse candidatas de fuera de la localidad. Imprescindible piso propio, capacidad económica y cero cargas (incluido perros y/o gatos). Posibilidad de promocionar a Fase 2. Se garantiza estabilidad, momentos felices y alto rendimiento sexual. Interesadas solicitar cita a este teléfono »

En honor a la verdad, el cartel me ha quedado un poco justo. Hubiera querido matizar más mi demanda pero, dadas las circunstancias, con esto me basta. Eso sí, no he medido bien el espacio y, a medida que el texto progresa y llega a la parte final (gloriosa, por cierto) he tenido que ir haciendo la letra más pequeña. No me siento a gusto del todo porque he confeccionado carteles mejores, pero ¡bah! ¡Ufffffff! lo voy a tener complicado. Elegir entre tanta aspirante será duro.

De camino al súper, coloco otros seis más. Estratégicamente, claro. Que si en la farola, en puertas de acceso a locales cerrados, en la parada del bus…. Había gente y se han quedado mirando. Yo no les he hecho caso. He querido parecer muy concentrado en mi tarea. Todo para dar importancia al acto. Al continuar mi camino, eso sí, me volvía para mirar y comprobaba que tenía éxito. Pronto comenzarían a llegar las primeras llamadas.

En el súper he puesto otros dos y el último que me quedaba se lo he dado directamente a la guardia jurado que hay en la puerta. Me gustaría que fuera ella. Me encanta como va vestida, con su uniforme marrón, su porra, su pelo recogido, sus labios finos, delgada, fuerte… ¡Calla, calla!

Al salir con la compra (¡no! no he comprado los yogures) me ha sonreído y se ha acercado a mí. ¡Ay madre! Está convencida.

—Perdone. Buenos días. Quería decirle, sin que se moleste, que es usted el mayor imbécil que me he cruzado en toda mi vida. ¡Y eso que he estado de noches durante años! Pero jamás me había sucedido algo parecido. ¡Esto se lo … —(no voy a reproducir lo que me ha dicho)

He recogido el cartel, casi destrozado, del suelo. Estaba arrugado, hecho una bola. Ya no sirve. Si no le ha gustado, bien podría habérmelo devuelto intacto. Ahora no podré pegarlo en ningún otro sitio. Por cierto. Los otros dos carteles tampoco están donde los dejé, en las puertas automáticas. Me he vuelto para mirarla enfadado y seguía vigilándome, con cara de satisfecha. Ha sido ella. Seguro.

De vuelta para casa, miro el móvil en varias ocasiones. Aún no hay llamadas, ni solicitudes de WhatsApp. Claro ¡qué tonto soy! Estamos semiconfinados. Tardarán en ver los carteles. ¡Uy! ¡Las prisas! ¿Para qué puse lo de la localidad? Si no hacía falta. Debido a tanta imprecisión por mi parte, empiezo a estar de mal humor

—¿Has traído los yogures?

—¡No, mamá! Te dije que, si quieres yogures, vayas tú y los compres. Me voy a mi cuarto. En la cocina te he dejado la compra.

—Ha llamado una chica preguntando por ti.

Se me paró el corazón de golpe. Esta vez no pude pivotar sobre mi talón derecho. Me encontraba paralizado. Por culpa de llevar en esta casa toda mi vida, había escrito el teléfono fijo ¡Con razón nadie contactaba conmigo a través del móvil!

—No sé qué de un anuncio. A mí me parecía que estaba un poco loca, pero la he dejado hablar, por si, ya sabes, había algo interesante al final de todo. Siempre te he dicho, hijo mío, que en la vida hay que dejar hablar a la…

—¡Basta mamá! ¿Qué te ha dicho? —imploré de rodillas.

—Pues algo sin mucho sentido, hijo. Que cumplía con todos los requisitos y que estaba buscando justamente lo que se ofrecía, aunque en principio sólo para la Fase 1.

Me temblaba todo. No podía creerme que, por fin, algo me saliera bien por primera vez en la vida. Me apresuré a preguntar.

—¿Ha dejado teléfono? ¿alguna seña? ¿cómo era? su voz, quiero decir ¡Habla de una vez, mamá!

—Pues no ha dejado nada. Ha dicho, eso sí, que no volverá a llamar. Que no se puede ir por la vida ofreciendo estabilidad y no estar localizable para procurar un momento feliz. Y que, si de tres cosas que prometes, ya fallas en las dos primeras, no quería ni imaginarse la tercera. Y, como mal acaba, lo que mal empieza (me ha dicho), prefiere pasar esta Fase 1 sola, a pesar de ser la única mujer de todo el barrio que había apuntado el teléfono.

—En fin, mamá. Es la historia de mi vida. Me voy a mi cuarto —dije, destrozado.

—¡Hijo! La próxima vez que quieras hacer un cartel ¡díselo a tu madre!

—Mamá ¡Es exactamente lo que me ha dicho la guardia jurado! ¡Esto se lo dices a tu madre! ¡Lo haré, mamá! ¡Cuando me reponga de este palo que me acaba de dar el destino!