Garbanzos y postre

Papá se ha afeitado por fin. Pinchaba un montón con la barba. Tanto que el beso de las buenas noches era, poco menos que insufrible. No obstante, como tiene que estar siempre dando la nota, se ha dejado unas patillas que asusta. Yo se lo he dicho.

—¡Papi! ¿Te crees que tienes ahora veinte años?

No me ha hecho caso, para variar. Me dice que, con esto del confinamiento, ha pensado mucho y que pronto será un anciano sin memoria, así que piensa hacer todo lo que le dé la gana mientras pueda.

¡Y ahí lo tienes! Con sus patillas de medio metro haciendo garbanzos.

—¡Que no me gustan, papi! ¡No me los voy a comer!

Nada ¡Que los ha hecho! Que es su casa y que es libre de cocinar lo que le plazca. Él se los va a comer y yo… ¡que si no quiero, que coma otra cosa!

Desde luego ¡menuda escena para un cuadro! Con los cuatro pelos locos que le quedan, las patillas a lo Elvis (a saber), la camiseta de Enemigos (enemigos, enemigos, los dolores de muelas, decía Jorge Ilegales) y comiendo garbanzos ¡Y de postre, habas! (me quedo muerta).

Y yo, mientras tanto, sin terminar los deberes, sin batería en el móvil, sin amigos, sin sueño por las noches, sin hambre de garbanzos, sin un padre normal, sin moto, sin verano, sin primos, sin días especiales, sin coca cola (¡hay que beber agua!), sin poder ir al insti, sin findes, sin cumplir los quince, sin plaza… ¡A ver de qué se quejan estos! Si con unos garbanzos y unas habas ya son felices.