vayamos por partes

En realidad, la enfermedad nunca nos dio una tregua. Aunque nosotros sí que lo hicimos. Como si se tratara del buen estudiante que termina sus finales con éxito, mereciendo un verano inolvidable, decidimos que tocaba vivir como cigarras.

La enfermedad reptaba, dejando rastros complicados de seguir. De un lado, los intentábamos borrar, de otro, precisábamos, en grandes cantidades, efectivos para trazarlos. Iremos viendo. Lo hemos pasado mal. Con todo, nos hemos sujetado. Podía haber sido peor.

Ahora ya sólo nos queda el veranillo de San Miguel, si es que a este 2020 no le da por cercenarlo también. Por lo pronto, vuelven los confinamientos. Más selectos, operados con bisturí estratégico. Encierros que separan localidades colindantes, produciendo odiosas comparaciones, quebrantando los machacados huesos del comercio y de las gentes que viven de lo privado.

No vuelve el estado de alarma nacional ni el «Yo me quedo en casa». A buen seguro, tampoco aumentarán los royalties del «Resistiré». Porque no lo soportaríamos ni funcionarían los mismos paños calientes. Nadie está, ya, para aplausos.

—¡Vayamos, entonces, por partes! Esta sí, esta no. Aquella luego. Estos, los primeros.

Ya no somos todos, sino el pueblo de al lado. Ya lo sabíamos. Siempre fueron unos brutos. Y ahora, unos irresponsables. Que los confinen, no vaya a ser que lo traigan aquí, donde sí sabemos controlar a la enfermedad.

—¡Así resistiremos la segunda ola! ¿No lo ves? Estarán pendientes de lo que ocurra en el barrio vecino; en la localidad colindante, que siempre los hizo de menos; en la capital.

Este verano ya no lo estiramos hasta San Miguel. Las restricciones, como ahora se llaman, ya están en el pueblo de al lado y, más pronto que tarde, irán saltando de zona en zona. Pero no todas a la vez. Eso ya pasó. Ahora toca estar pendiente de los irresponsables que nos rodean. ¡Así no hay Dios que apunte bien!

—¿Y si vuelve a explotar todo?

—¿Todo? De eso nada. Iremos por partes.