Rafa, el perro, la sombrilla y la brocha despeluchada

¿Qué tienen que ver una sombrilla, un perro y una brocha despeluchada? Lo sabrán a continuación.

Rafa es un currante. Siempre lleva prisa cuando te lo cruzas por el pasillo. Da a entender que se dirige a algún sitio importante. Además, su semblante es riguroso, su paso firme y su mirada, determinada. Lo mejor que puedes hacer es echarte a un lado y dejarlo pasar, sintiendo la ráfaga de aire que deja tras de sí y que a punto está de desestabilizarte. Es en ese preciso instante cuando, pegado literalmente a la pared, caes en la cuenta de que no metiste en la lavadora la camiseta que ensuciaste pintando el rodapié con aquella maldita brocha despeluchada que salpicaba más que otra cosa. Cuando vuelvo a la realidad, Rafa ya no está. Me separo de la pared, atiborrada de carteles promocionales de la última campaña de la empresa, y prosigo mi camino hacia el despacho de Gonzalo. Hace media hora que me guasapeó para hacer la lista del mundial y estará agobiado por hacerla él solo. Cuando estoy a punto de entrar, recuerdo que dejé medio café muy cerca del ordenador y me ataca de nuevo el trastorno obsesivo compulsivo que me persigue desde los tres años. Tengo que volver a mi puesto y apartar el café para evitar males mayores. La angustia crece a medida que me acerco al ordenador. Creo ver a Rafa vertiendo adrede el líquido sobre el teclado. Imagino el desastre, me fallan las piernas, como aquel único día en mi vida que decidí salir a correr y me mordió un perro en el tobillo, dejándome tres meses en el dique seco, sin poder ir a currar. Recuerdo a Rafa diciéndome que, si le hubiera pasado a él, se hubiera ahorcado. Un currante como él. Definitivamente, lo llaman trastorno por algo. El café seguía en su sitio y el ordenador, también. Ufffffffff, tengo que volver al psico pronto. No tengo remedio. Problemas realmente no tengo. Problemas tuvo Rafa cuando Lola le dijo en una reunión que trabajaba menos que el sastre de Tarzán y que sólo floreaba. Los que estábamos allí nos miramos sorprendidos. En la vida hubiéramos relacionado a Lola con Chiquito. Luego una tarde de Nochebuena en la que Lola se bebió tres güiskis, preguntada por el asunto, nos confesó que conoció a Chiquito durante un fin de semana que la empresa organizó para los directivos y en el que, tras unas charlas sobre motivación y liderazgo, disfrutaron de un show del artista. Ese fin de semana fue en el Cabo de Gata y lo recordamos todos porque Lola olvidaría la sombrilla y volvió quemada, la pobre. Gonzalo me acaba de mandar un guasap. Que ya no vaya. Que ya tiene la lista hecha, así que me quedo donde el ordenador y me termino el café. Como han podido comprobar, un perro, una brocha despeluchada y una sombrilla no tienen nada que ver. Siempre, eso sí, que no tengan a un Rafa deambulando por la oficina. A un currante, vamos.