la nota

El forense señaló la hora de la muerte y al teniente no parecieron encajarle las piezas. Decidió regresar a la casa y volver a interrogar a los convivientes.

—Teniente. Es la una de la madrugada. ¿No sería mejor citarlos en comisaría mañana a primera hora?

—¡De eso nada! Suba al coche que nos vamos para allá ahora mismo.

El toque de queda nos obligó a atravesar tres controles antes de llegar al domicilio de la víctima. En uno de ellos, en el segundo, estaba ella. Me reconoció enseguida, a pesar mis intentos por pasar desapercibido. El teniente sospechó algo, pues me preguntó nada más arrancar.

—¿Y esa? ¿La conoces de algo?

—Fue mi novia un tiempo. Pero ya terminó. Además, teniente, prefiero no hablar de ello.

El muy caradura sonrió sin quitar la vista de la carretera. Decidió no seguir indagando, aunque yo ya sabía que volvería, tarde o temprano, a sacar el tema. Cuando llegamos, eran las dos de la mañana.

—¡Abran! ¡Policía!

La mujer que había descubierto el cadáver abrió la puerta. Parecía ida. El teniente la interrogó de nuevo allí mismo. Justo después, hizo algunas preguntas al hijo de ésta. Nos marchamos sin sacar mucho en claro. El teniente no parecía satisfecho.

—¿Quieres que volvamos a pasar por el segundo control o lo evitamos? —preguntó intencionadamente, sin que yo pudiera advertir preocupación alguna por mí.

—Me da igual, teniente. Haga usted lo que prefiera —a lo que añadí —si es dar mucha vuelta, por mí, no lo evite. Ya está superado, como le dije.

Esta vez ya nos conocerán —pensé —así que ni siquiera tendremos que detener el coche.

Sin embargo, el teniente, al llegar al control, aparcó justo al lado de la patrulla. El cabo era de su quinta, así que, cuando se acercó, comenzaron a hablar de lo mal que estaba últimamente el trabajo. Reconocí el truco enseguida y me bajé del coche. No quería que ella se acercara, dándole al teniente la oportunidad de sonsacar algo de nuestra historia.

Podía verla sentada en el vehículo. Miró un par de veces por el retrovisor, hasta que supo dónde estaba yo. Parecía inquieta. Mientras, el teniente ya había hecho migas con el cabo y, por las risas, sospeché que hablaban de ella (y tal vez de mí).

—Teniente ¿nos vamos ya? Es tarde y quiero descansar —le dije haciendo ver al cabo que no estaba a gusto.

—No se preocupe, Gómez. Enseguida nos vamos —dijo, encendiéndose un cigarrillo.

Me di la vuelta y allí estaba. De pie, fuera del coche, mirándome. Después de tres meses sin verla, después de que saliera de mi casa corriendo, después de decenas de llamadas sin respuesta, la tenía delante de mí, a las tres de la mañana, en un control policial, a cuentas del toque de queda. Me acerqué con la intención de hablar con ella.

—Hola Sonia. Te lo dejaste en casa. Saliste tan rápido. Pensé que no debía tenerlo yo, pero… como no sabía cuándo volvería a verte, opté por llevarlo siempre conmigo hasta que pudiera entregártelo.

—Gracias. Eres muy amable. Significa mucho para mí, aunque no te lo pedí pues supuse que lo habrías tirado. Era de mi padre.

—Lo sé. Quise hacerlo, pero no pude. Aún guardo la nota que escribiste con él. Y todos los días me pregunto si lo que hay en ella sigue siendo cierto.

—Lo es. Nada ha cambiado en estos tres meses. Lo siento.

Regresó al coche. Un vehículo se acercaba por el norte, así que el cabo se despidió del teniente. Nos marchamos antes de que llegara al control.

—¿Qué pasó? —preguntó como si ya lo supiera.

—Hace tres meses llegué a casa antes de tiempo. Ella estaba haciendo las maletas. Se marchaba. Lo supe porque lo había escrito en una nota que había dejado en la entrada. No esperaba verme allí tan pronto, así que salió despedida, sin mediar palabra.

—¿Qué decía en la nota?

—Que me dejaba. Había descubierto que no estaba enamorada de mí y que no quería seguir en mi vida.

—¿Y era cierto?

—No. Aunque lo supe más tarde. Aquella noche, ella salió corriendo y olvidó recoger el bolígrafo con el que escribió la nota. Era una pieza especial para ella, pues había pertenecido a su padre y siempre la acompañaba. Sin embargo, a pesar de ese vínculo tan grande, ella jamás regresó en su busca.

—¿Por qué?

—Con ese bolígrafo mataron a Delgado. Recordará que nunca se llegó a encontrar el arma homicida.

El teniente bloqueó los frenos del coche, deteniéndolo bruscamente en mitad de la calzada.

—¿Le ha devuelto usted el bolígrafo esta noche? ¿Lo ha hecho?

—Sí, teniente. Se lo he devuelto. Lo he llevado conmigo todo este tiempo.

—¿Se da cuenta de que habrá eliminado las pruebas?

—Sí, teniente. Pero debía hacerlo. Ella se marchó para no incriminarme. Delgado merecía un castigo. Lo sabe usted de sobra. Nunca le gustó a nadie, ni siquiera a los jefazos.

El teniente me dejó en casa. Eran las cuatro y debíamos estar en comisaría en sólo unas horas. No le dije nada acerca del ADN de Delgado que, probablemente, debía permanecer aún en la nota. Aunque, bien pensado, creo que él ya lo sabía. Sonia abandonó el cuerpo al día siguiente y se marchó del país. Por su parte, el teniente no volvió a hablar de ello. Supongo que tuvo que ver con la desaparición de la nota porque, días después, no estaba donde la guardé.

*****

—relatos de un segundo confinamiento—

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