Las vecinas y el poniente

El viento de poniente levanta las toallas, se lleva las sombrillas, nos hace incorporarnos. Mientras, se escucha el ruido de los niños en el agua. Es un aire fresco, que acompaña a la hora de tomar el sol. Es rebelde y sopla más a primera y a última hora. Trae cosas y se las lleva. Molesta a aquellos que disfrutan del orden. Relaja a quien ve la vida como un continuo de sucesos de cambio. Este viento es para todos. Están aquí los ingenieros, que estudian el grado óptimo de inclinación y anclado de la sombrilla. También los malos ingenieros, convertidos en atletas detrás de ella cuando el viento se la lleva. No faltan los zapadores, que logran que nada se mueva bajo sus enormes toldos, increíblemente inmóviles. Los domingueros con sus chanclas, enormes como palas, levantando arena por donde pasan. Levantando, además, las iras de las parejas de novios, amigos, hermanos, con sus ojos llenos de arena. La pandilla de vecinas, dispuestas en corro, lejos de los maridos, disfrutan de la tarde, mientras ellos engañan la siesta en el chiringuito, donde no hace aire. Hasta los parcuristas se suman al viento de poniente, balanceando sus cuerpos entre las barras metálicas. Allí al fondo, la familia recoge sillas y nevera, mientras el pequeño llora porque no quiere irse. La playa, los días de poniente, es lugar de confesiones. Puedes hablar mientras el viento esconde las palabras de los oídos de los demás. Lo saben bien las vecinas. Por eso solo se juntan en los días de poniente.