Cadáveres en un cajón

Soy un tapón. Me hubiera gustado estar hecho de madera, como mi abuelo, pero nací en la era del plástico. No siempre he estado encargado de mantener bajo control las aguas del lavabo. De hecho, comencé siendo un tapón de bañera. Sin duda fue una época difícil. Para empezar, estuve siempre encadenado, así que no podía escapar de aquellas terribles visiones. Esos enormes culos. Vistos desde abajo, parecía que no existía nada más. O los dedos gordos de los pies, empujando materia hacia el desagüe. Me moría al pensar que luego yo tenía que encajarme en aquel inmundo agujero por el que resbalaba todo eso. Llegó el día en el que cambiaron bañera por plato de ducha y, afortunadamente, me ascendieron. Incluso me quitaron la cadenita y me colocaron al lado de mi amigo Grifo, la razón de mi existencia. Me las prometía felices hasta hoy, pero ahora han cambiado el lavabo y, de paso, nos han amortizado a Grifo y a mí. El nuevo lo trae todo junto, por lo que ya no somos necesarios. A mi compañero se lo ha llevado el chatarrero y yo he acabado en un cajón, junto a un lápiz despuntado, dos pilas AAA gastadas y un destornillador torcido.