La escoba

La roomba y la fregona no han salido de la cama desde que hicieran las paces, en Nochebuena. Han sido días en los que me he vuelto a reencontrar con la escoba y el recogedor, pues no me quedaba otra si pretendía mantener el piso decente. Allá, en la planta de arriba, se han escuchado los gritos de amor de esos dos locos que tan preocupado me tuvieron durante los primeros días de diciembre.

Así que antes de marcharme de casa, camino a la cena de Nochevieja que este año toca con madre, he pensado en tocar a la puerta con la excusa de mi marcha y ver si tenían intención de volver a sus puestos de trabajo. Me han dicho adiós y también que me lo pase estupendamente, que no me preocupe por ellos, que piensan esperar al año nuevo metidos en la cama, haciendo el amor de manera apasionada.

El año empezará bien para ellos, supongo. Y yo me veré obligado a continuar durmiendo en el sofá, justo al lado de la escoba, a la que ya había olvidado en el armario de vinilo del patio. La desterré y entendería que me odiase por ello. La roomba lo cambió todo y ahora, que se ha entregado, loca de amor, a la vileda, me toca pedirle perdón. Por suerte las escobas, aún con esos palos tan inflexibles, no son rencorosas y olvidan pronto las traiciones. Ya se cansarán, ya, esos dos.

Hagan ustedes lo mismo. Pueden irse a cenar o pueden meterse en la cama con su amor a recibir las campanadas. En todo caso, acuérdense de la escoba y barran todo aquello malo que ha tenido el año.