desde que bailamos (juntos)

Te conozco desde que bailamos juntos. No había estrellas en el cielo ni sonaba orquesta alguna. Los focos no nos iluminaban y la fiesta había terminado de repente. Nos quedamos solos en aquella casa mientras todos escapaban de la policía. Detenidos, los agentes nos condujeron al calabozo donde, por falta de espacio, esperamos de pie las tres horas y media que restaban para el amanecer. Lo hicimos distanciados, la misma noche en la que bailamos juntos por primera vez.

El funcionario dio carpetazo con sanción y juicio rápido. Sentencia para dos adolescentes que pesaría sobre nuestras cabezas durante un tiempo prolongado. Nuestros antecedentes nos acompañaban y, proscritos, sólo se nos ocurrió seguir bailando juntos en las casas deshabitadas que algún día habían estado llenas de vida. Entrábamos, casi siempre por la puerta de atrás, y bailábamos durante la noche.

Escogíamos la estancia más amplia. Tomábamos aire y comenzábamos. Tus caderas creaban el espacio suficiente para que mi cuerpo lo ocupara. Lo hacías tan bien. Invitabas a mis movimientos, justo en el momento, exactamente en el lugar. Éramos precisos, sin llegar a tocarnos, excepto, claro está, al cogernos de las manos. Fueron las tuyas las primeras que toqué. Tus dedos, entrelazados con los míos, tiraban de mí y arrancábamos a bailar. Nunca dejabas de mirarme. Ahora sé que pretendías saber si yo me asustaría al tocar otra piel que no fuera la mía.

En tres ocasiones más, estuvieron a punto de sorprendernos. Elegíamos casas más al norte, donde el pánico había sido más intenso. Nadie iba nunca allí, pues las multas y penas, incluso de prisión, se tornaron muy severas. Además, decían que el virus seguía entre las paredes de aquellas viviendas, escondido, esperando a reproducirse. Nunca llegarían a descubrirnos, bailando, mirándonos, con las manos cogidas. Con las manos cogidas. Con mis dedos entrelazados con los tuyos.

Te conozco desde que bailamos juntos. Y nadie, excepto tú, lo sabe. Te veo salir todos los días de la oficina cuarenta y ocho, en la que trabajas, aislada, con otras personas. Caminas calle abajo, manteniendo la distancia, hasta llegar a una parada, donde detienes tu marcha. Entonces, mientras aguardas al transporte, me miras fugazmente. Lo sé porque te observo desde la ventana de la oficina setenta y dos hasta perder de vista el vehículo en el que viajas a casa. Sé que levanto sospechas entre mis compañeros, aunque yo les digo que me quedo embobado, con la mirada perdida, recordando cómo era la vida antes. Lo que hago, en realidad, es repasar los pasos que nos aguardan esta noche. Los que tú y yo daremos mientras volvemos a bailar, mirándonos, con las manos cogidas, con mis dedos entrelazados con los tuyos.