Sevilla

Es viernes y Marcos no ha venido a trabajar. Me tiene dicho que no responda a las preguntas interesadas de los pelagatos que nunca nos hablan, pero yo no tengo personalidad y, como me han invitado a un café, les he acabado contando que Marcos no está malo. Que se ha largado a Sevilla con su madre en el AVE, con oferta matinal de ida y vuelta. A la feria, que su tía Manoli tiene entradas para una caseta de tradición y la Mama quiere disfrutar, a sus años, de una vida que tan amarga se la hizo pasar su marido, en la gloria lo tenga, contertulio incansable de barra de bar y compulsivo consumidor de palillo de dientes y tiza en la oreja. En el tren va la Mama llorando a media lágrima, impresionada por la velocidad del viaje y lo a gusto que se va. No huele ni hay gente por los pasillos y su Marcos parece un hombre de orden, con su chaqueta y su ordenador encendido, como trabajando a contrarreloj. La tía Manolita no para de guasapear y ya se escuchan las sevillanas en los tonos de los móviles de todas esas buenas personas que viajan también a Sevilla. Ole, ole y ole. Qué maravilla.

Yo, por contra, ando calentándome la cena de anoche y, para darme un homenaje, he decidido abrir una voll-damn, que para eso es viernes y la tarde promete. Después de la siesta, pienso cambiar mi vida y tener algo que contar a Marcos el lunes, aunque supongo que tendrá la cabeza para pocas historias, de tanto rebujito con la Mama y la tía Manoli. En esas estoy, cuando me llama Marcos para decirme que Lola lo ha llamado y que está en la calle. Yo le pregunto que si no estaba en Sevilla y le digo que, cuando yo me fui, Lola aún estaba en su despacho. Que no puede ser que esté en la calle.

No sé qué tendrá Sevilla, pero a Marcos no le sienta bien. Me colgó el teléfono y ahora no me lo coge y, por si eso fuera poco, no dejan de llegarme guasaps de una tal Manolita de Sevilla con audios muy desagradables entre la primera y la segunda y no sé qué de mi arma.

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