«Las carretillas se las lleva el viento cuando no transportan más que hojas secas». De esta manera comenzaba el trabajo de redacción que Lillo había ejecutado durante la tarde del domingo, no sin antes haber sido advertido por mamá de las consecuencias de no llevarlo a cabo. Al chico se le atragantó pensar que no podría ir al campo con su padre durante un mes y, sin pensarlo dos veces, escribió sobre lo fácil que resulta que algo pesado se torne ligero, tanto que llegue a ser casi imposible mantenerlo quieto, sobre todo si hace aire.
La impaciente maestra no permitió que Lillo terminara de leer, si bien resulta cierto que las risas de los compañeros tras escuchar la primera frase contribuyeron a ello. No quiso Doña Remedios, dada la trayectoria del pequeño, arriesgarse a escuchar un disparate más y, con la autoridad otorgada por las leyes educativas, prohibió a Lillo terminar, endosándole una calificación negativa a su trabajo. Cayó el niño en la cuenta de lo pesadas que podían volverse las cosas que con tanta ligereza habían sido pronunciadas. Por breves que fueran, aquellas palabras retornaron a casa como un estruendo sonoro de tormenta.
Eran los padres de Lillo personas educadas a la vieja usanza y no se les ocurrió trasladar queja alguna al colegio, más aún cuando comprobaron, leyendo la primera frase del trabajo, lo escrito en ella. Y, al igual que había obrado Doña Remedios, mamá dejó de leer al llegar al primer punto y seguido. Cerró el cuaderno, arrancando las hojas y expuso el castigo, que consistiría en dos semanas sin acompañar a papá al campo.
Pero Lillo siguió pensando en aquella carretilla repleta de hojas secas, ligera y voladora, capaz de posarse y levantar el vuelo una y otra vez, girando sobre sí misma con tal de mantener a salvo el contenido dentro de ella, a pesar de los vientos y remolinos que surcaban los cielos. Se le antojó pensar que estos no eran más que los vaivenes de su corta vida, concluyendo que no dejarían de aparecer durante los próximos años para intentar vaciarla de todo lo que Lillo amaba y valoraba. Las hojas secas custodiaban, cristalizados, sus sentimientos y emociones, aquellas que componían el libro de su vida, el mismo que abrir cuando los vientos regresaran. Las carretillas, —pensó, —por pesadas que parezcan, deben volar siempre.