Dentro de la caja aguardaba el regalo por el que llevaba años suspirando. Abrirla le llevó un minuto. Durante el mismo, sintió cómo el ritmo de su corazón no dejaba de aumentar y, sentado como estaba, le costaba controlar la respiración. Retiró la tapa superior de corcho blanco, —demasiado fina, —pensó para sus adentros, confiando en no encontrar ningún defecto o rotura.
La máquina estaba intacta. Una vez extraída de la caja, admiró la simpleza de su construcción. Un único botón situado en el centro de esta aguardaba a ser pulsado. Prudente como había dirigido siempre su vida, rebuscó el papel de las instrucciones, percatándose de su considerable extensión. —Bueno, es la máquina de hacer que pasen cosas —se dijo, tratando de convencerse. Por primera vez, estaba dispuesto a tomar una decisión sin pensar antes en las posibles consecuencias.
Estiró el dedo índice de su mano derecha, dirigiéndolo hacia el botón con firmeza. Tocarlo le produjo una sensación de calma. La superficie era lisa y suave y el tacto cálido invitaba a presionarlo hasta activar la máquina. —¡Conseguiré que pasen cosas por fin! —exclamó en voz alta. Escucharse le gustó tanto que cerró los ojos con una intensidad comparable a la que sentía cuando se llevaba una cerveza bien fría a la boca, los sábados, justo antes de tomar el aperitivo. Su frecuencia cardíaca, lejos de reducirse, causaba el estupor necesario para nublar su razón. Las voces que provenían del cerebro, demandando la lectura de las instrucciones de la máquina, se apagaban gradualmente al tiempo que todo en su ser era reemplazado por una irrefrenable pasión.
—¡Púlsalo! —gritaba su corazón, extasiado —¡Púlsalo de una vez!
Quiso acallar el escándalo que lo poseía. Aplicando sólo algo más de fuerza, la yema de su dedo índice terminó de hundir el mecanismo. Al sonido del «clic» le siguió una fuerza opuesta que empujaba el botón hacia él. La máquina estaba activada. Aguardó a que esta pudiera moverse, cambiar incluso de forma o de color, tal vez dividirse en dos o más elementos. Tan concentrado permanecía, tal era la atención que prestaba, que le pareció ver cómo la máquina comenzaba a experimentar alguna transformación, sin que esta, en realidad, se inmutara.
Escuchó un portazo al fondo y, justo después, pasos escaleras abajo, deteniéndose un instante antes de abandonar el portal y salir a la calle —¡Vete y no vuelvas! —le gritó desde la ventana, mientras esta, detenida en la acera miraba hacia arriba, preguntándose cómo su simple salida de aquella casa había podido convertir al más tranquilo de los hombres en el energúmeno que la increpaba sin percatarse del escándalo que generaba. —¿Qué miras plantada ahí como un pasmarote? ¡Que te vayas! ¡Ahora tengo mi máquina y voy a hacer que pasen cosas!
—Me echarás de menos antes de darte cuenta —pensó antes de darse la vuelta para terminar perdiéndose entre el gentío. Él la vio coger de la mano a alguien antes de desaparecer y supo que ya no habría marcha atrás. La máquina comenzó a emitir un zumbido sordo. Se detuvo después de sonar el teléfono. Padre había muerto de repente. Colgó y se quedó sentado hasta que la noche lo sorprendió. A oscuras, buscó las llaves del coche y salió hacia el tanatorio. Recogió a su tía en el camino y le extrañó que estuviera sola. —Tu tío se ha marchado de casa sin dar explicaciones, —confesó apesadumbrada, sin acertar a dar más detalles, transcurriendo el resto del trayecto en silencio.
Aparcó sin problemas, justo a la entrada del edificio. Allí no había luz ni actividad alguna. Alarmado, llamó al número que aparecía en la web. —Estamos cerrados, pues nos han retirado la licencia para operar, justo esta misma tarde. Lamento decirle que su padre no se halla, de cuerpo presente, en nuestras instalaciones. Sepa Dios donde se encuentre —fueron las últimas palabras que escuchó antes de que la comunicación se cortara. Su tía y él regresaron al hospital en busca de noticias acerca del paradero de su padre. Allí no le supieron dar razón, por lo que acudieron a la comandancia de la Guardia Civil a cursar denuncia. Al llegar, debieron comunicarse con la central en Ciudad Real, pues el puesto estaba cerrado. Dos agentes se personaron a las cuatro horas. Venían de un servicio a cien kilómetros. —Ya saben ustedes, andamos faltos de personal, —requirió el Cabo.
La línea se había ido y, sin internet, poco o nada podía hacerse para formalizar la declaración. Entre garabatos, a duras penas, dejaron escrito un borrador y decidieron, tía y sobrino, aguardar en la sala de espera del cuartel a que se restableciera la conexión. Comenzó a llover copiosamente al cabo de unos minutos y los teléfonos de los despachos movilizaron de nuevo a los agentes. Debían salir para atender un grave accidente ocurrido en la comarcal cercana. —Sintiéndolo mucho, aquí no pueden quedarse, —espetó el Cabo.
—Tía, las llaves se han quedado dentro del despacho —gimió desconsolado. Frente a la comandancia, un bar levantó la persiana. Su dueño, Blas González, abría regularmente a las cinco de la mañana, con tiempo para preparar los almuerzos de aquellos que levantan el país cuando amanece. —¡Pasen, por Dios! Ya es mala suerte lo de las llaves. Les prepararé algo caliente —se apresuró a decir Blas, pasando detrás de la barra, camino de la cocina, no sin antes apretarse el «sol y sombra» de rigor.
Guardia y Cabo tuvieron que volver a toda prisa al cuartel, incluso antes de atender a los heridos de la comarcal. Hasta nuevo aviso, era prioritario acordonar el lugar donde tres bombonas de butano hacían explosión, destrozando el «Bar Amanece Siempre, sea con Sol, sea con Sombra», causando tres víctimas mortales y numerosos daños materiales en la fachada del edificio.
Días más tarde, el tío accedió al piso de su sobrino. Señaló a los operarios de la mudanza lo que debían empaquetar. Preguntado por el juguete que permanecía encima de la mesa camilla, dijo —tírenlo o hagan lo que les dé la gana con eso. Mi sobrino era un amargado, obsesionado con sus inútiles rutinas diarias. Siempre le dije que buscara la forma de que le pasaran cosas, que mandara a la mierda a la señora rutina que tantos años de vida le había robado, pero nunca hizo caso ¡Era un poco gilipollas!